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Personajes que, aunque no poseen habilidades sobrehumanas, hacen hazañas extraordinarias.

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25th
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Héroe de pegante

Pepe Pegotero es Orlando López. Una compañía con tres años en el mercado, que tiene el posicionamiento y la recordación de marca necesarios para estar en el primer lugar de las empresas de publicidad exterior en muros de Bogotá, producto de la auto pauta que ha invertido en su exitoso medio. Pepe ofrece dentro de su portafolio de servicios patinadoras, bicicletas móviles y servicio de impresión litográfica. Ha diversificado el negocio para estar a tono con las necesidades de sus clientes, entre los que se encuentran Cine Colombia, el restaurante La Hamburguesería y la Alcaldía de Bogotá.

De 33 años, con tres hijos y más de diez hermanos, el dueño, fundador y gerente de Pepe Pegotero, tiene tres cicatrices en la cara. Viste una gorra verde militar desgastada y con salpicaduras de pintura, camiseta azul desteñida, pantalón caqui oscuro y unas sandalias que dejan a la luz la curación casera de una uña encarnada. Entra a la cigarrería de la calle 40 con Avenida Caracas, pide una cerveza y se sienta a conversar con sus “pegoteros”. Hombres, adolescentes, jóvenes, han llegado en diferentes momentos a pedirle trabajo para pegar carteles en la ciudad. Pepe les paga $ 30.000 por día, sin contratos ni prestaciones de ley. Sus empleados no deben laborar diariamente, sino solo en los casos en que el volumen de trabajo lo amerita. Ya no sale a pegar carteles. Se queda en su local, ubicado en una casa inquilinato de dos pisos de ladrillo, vieja y remodelada, una cuadra al sur de la cigarrería, recibiendo clientes, organizando los pedidos y facturando.

El local de diez metros cuadrados, tiene una vitrina donde López archiva papeles y elementos de escritorio, un computador viejo que traquea cuando se prende y un estante lleno de fajos de carteles. Mientras escucha vallenato, organiza los carteles en cantidades de a doscientos y los distribuye entre sus seis empleados, quienes colocan el fajo adelante de las bicicletas y el pegante de harina de maíz en la parte trasera. Bogotá debe quedar empapelada antes de las seis de la tarde. “Traten de no pegar encima del de la competencia, y arranquen los viejos para que quede espacio… no se dejen molestar de la policía. Si les llegan a decir algo, digan que es que todos tenemos derecho a trabajar”, les dice y se sienta a tomar un tinto en vaso desechable. 

La principal competencia es Chucho Pegotero, quien tiene éxito por copiarse el nombre y robarse los clientes de Orlando. Por eso a veces recibe llamadas de empresas que no lo han contratado, a hacerle reclamos. Anteriores empleados suyos también lo han robado. Por eso no le confía a nadie su local. “No sé porqué lo quieren tumbar a uno, si uno lo único que quiere es trabajar”.

Prepara su almuerzo en una pequeña cocina en la parte de atrás del local. No siempre come solo pero ese día había mucho trabajo, así que no podía ir al restaurante casero barato cercano. Vive en la parte de atrás del local, una habitación con baño que está incluida en el arriendo. Antes vivía en el altillo de la misma casa, al final de un túnel cuya puerta de entrada tenía un metro de alto. Decidió mudarse a donde está actualmente pues no aguantaba más los dolores de espalda, por tanto agacharse al entrar y salir.

Llama a la mamá de sus hijos a preguntar por el mayor, un perezoso de trece años que no le gusta estudiar ni trabajar. “La mamá no me lo deja traer, porque sabe que yo lo pongo a marchar. Ella es muy condescendiente”. Orlando recuerda que se independizó a esa edad. Tantos hermanos generaban mucho conflicto. Es el menor de diez, quienes aún viven con su madre en una casa en el barrio Germania de Bogotá. No fue la casa donde creció, la anterior era mas pequeña, mas complicada para vivir. Aprendió el oficio con sus hermanos, quienes empezaron pegando los carteles de colegios de validación. Trabajó en tipografías, ahora aliadas de su negocio. Algo que caracterizó a Orlando, fue la posibilidad de aprender todo de cada lugar por donde pasaba. Así, cuando repartía volantes del cine club El Muro o servía aromáticas, entendió que hay que tenerlo todo para atender bien a cualquier cliente. “Yo puedo hacer eso” pensaba.

“Yo tomaba mucho”, cuenta sin vergüenza. Las marcadas cicatrices en el rostro le recuerdan la vez que, borracho, buscó a los que le habían robado la cicla y se les enfrentó con valentía propia del que delira por el licor. En la cigarrería habla con sus amigos mientras toma cerveza, pero ya no bebe de la misma manera. Cuenta anécdotas de lo que ha hecho con tragos mientras se ríe con confianza de no ser juzgado. No juzga ni siquiera a la Alcaldía de Bogotá, quien a través de terceros contrata sus servicios pero lo persigue a través de la policía local a pesar de no ser un tema de prioridad pública. Ni tampoco a los estudiantes de la universidad Jorge Tadeo Lozano que llegaron a su local esa mañana a pedirle permiso de utilizar el nombre de Pepe como proveedor de elementos de protesta. Pues al final es un medio masivo económico. Cobra 300 pesos por cada pegada y 250 pesos si incluye impresión. Sindicalistas lo contratan para imprimir y pegar los pliegos de peticiones y Orlando hace el trabajo con la misma responsabilidad con la que le responde a Nike, uno de sus clientes. Lo importante es que reciba el cincuenta por ciento del pago anticipado y el restante al terminar. Tiene todos los documentos de una microempresa: RUT, cámara de comercio, etc. Así que nadie le puede sacar excusas. Ni siquiera por incumplimiento, Orlando luego de terminar de pegar, toma fotos de prueba y las incluye en la factura final.

Termina su día en la madrugada con los últimos carteles y se levanta atendiendo servicialmente a todos los que entran en su local. No se siente solo ni con problemas. Piensa  nuevas ideas para promocionar su negocio. Los canjes son la forma más efectiva. Ahora tiene dos vigentes, el primero con la revista Go Guía del Ocio de la impresora Mediagraph, quien le paga la mitad de las facturas con pauta en la revista. Y el segundo con un dibujante y cineasta de comic “manga”, ese particular estilo oriental caracterizado por el detalle en los movimientos y los grandes ojos de sus personajes. Orlando imprime y distribuye la revista del clandestino dibujante, el mismo que le dio el nombre de Pepe Pegotero tres años atrás después de rechazar el de Pepe Pegastic, “Pegastic ya existe”.

La bella época del cartel fue al final del siglo XIX y comienzos del siglo XX en Francia, cuando los cafés se esforzaban por realizar verdaderas obras de arte Novou y los teatros hacían ilustraciones que representaban llamativas escenas, convirtiendo el cartel en un elemento artístico que marca épocas de publicidad. Bogotá tiene pocas paredes en blanco. La ciudad se ha esforzado en motivar el arte citadino a partir de graffitis y dibujos. Pero el arte que motiva el negocio de López, el del diseño publicitario, es el que se ve en postes, cajas telefónicas, separadores de lata, muros abandonados, unos encima de otros y en algunos espacios donde solo se ven retazos de aquellos que fueron arrancados. Tal como en la belle epoque es un medio masivo, económico y  en estos días, de baja inversión publicitaria, uno de los más asediados por grandes, medianas y pequeñas compañías. Pero Orlando no reconoce esa oportunidad. Sabe de mercadeo y publicidad como las grandes agencias y seduce a sus clientes con diferentes formas de exposición de marca. Un empresario creativo e innato.